Oídium en arándanos
Este cultivo enfrenta serias amenazas fitosanitarias, como el oídium, que compromete su calidad y exportación.
“El oídium es una enfermedad fúngica, causada principalmente por Microsphaera vaccinii, con alta incidencia en los cultivos de arándano en nuestro país. Su desarrollo se ve favorecido por climas secos, variedades muy frondosas y una alta densidad de siembra”, comenta el Ing. Agr. Pedro Pablo Martínez, especialista en Sanidad Vegetal.
Microsphaera vaccinii –también conocida como Erysiphe vaccinii– causa daños principalmente en las hojas del arándano. Los primeros síntomas se manifiestan como manchas claras en el envés (superficie inferior) de las hojas. A medida que avanza la infección, aparecen manchas blanquecinas en el haz (superficie superior), las cuales posteriormente adquieren una tonalidad rojiza.
Martínez precisa que, en los clones susceptibles, los primeros síntomas del oídium aparecen como pequeñas manchas rojizas en el haz de las hojas, y advierte que es importante prestar atención a este signo temprano, ya que puede confundirse con la mancha foliar causada por otros hongos. Sin embargo, en estos casos, las manchas suelen estar asociadas a lesiones húmedas, a diferencia del oídium. “A medida que la enfermedad avanza, las manchas rojizas se expanden y pueden cubrirse con una fina capa de hifas blancas, visibles con lupa o estereoscopio. Con el tiempo, la decoloración roja se intensifica y el envés de las hojas también puede adquirir una tonalidad rojiza. Luego, las manchas se tornan marrones y las hojas gravemente afectadas tienden a curvarse y caer. Esta sintomatología puede dificultar la diferenciación entre el oídium y otras enfermedades foliares, lo que a menudo conduce a una defoliación severa, tanto en campos en fructificación como en brotes en desarrollo”, explica.
En el Perú –refiere–, las plantaciones de arándano se concentran principalmente en las zonas costeras del norte y centro del país, donde se cultivan bajo sistemas de riego. La enfermedad reduce el rendimiento del cultivo, principalmente por la defoliación que provoca. Para prevenir el oídium, recomienda manejar adecuadamente la densidad y frondosidad de las plantas, así como limpiar los campos tras la poda y eliminar hojas caídas: “Se debe mejorar la ventilación del cultivo; evitar el exceso de nitrógeno, que vuelve al follaje más susceptible; usar cultivares resistentes en zonas de alta presión; reducir la humedad mediante una buena orientación y espaciamiento, prácticas de poda y restricción del riego por aspersión; además, evitar aplicar fungicidas salvo que la enfermedad sea grave”.
Señala que la mayoría de los fungicidas utilizados contra el oídium actúan como protectores, por lo que deben aplicarse antes de que aparezcan los síntomas. “Las aplicaciones más efectivas son las que se realizan al inicio de la temporada, y se recomienda aplicar al menos un tratamiento entre la floración y la cosecha para controlar las manchas foliares. Si se requieren más aplicaciones, deben hacerse a intervalos de unas dos semanas. No se recomienda el uso de aceites vegetales ni de productos a base de aceite de neem, ya que pueden dañar las ceras protectoras de la superficie foliar, facilitando la penetración de hongos y aumentando la incidencia de manchas foliares”, detalla.
El manejo integrado incluye medidas de control cultural, así como aplicaciones curativas con fungicidas sistémicos como los triazoles, imidazoles, primidinas y algunas estrobilurinas. Asimismo, pueden utilizarse fungicidas biológicos a base de Trichoderma spp. o Bacillus subtilis, aplicados tanto al follaje como al suelo, con el objetivo de eliminar el inóculo en el cultivo.
“Es importante tener en cuenta que el control del oídium debe iniciarse lo más temprano posible para evitar daños severos en las hojas, considerando las condiciones climáticas y el manejo del cultivo. Si se recurre al uso de fungicidas, es clave aplicar el primero al inicio del periodo vegetativo y tras la caída de los pétalos, para reducir el inóculo primario. Luego, las aplicaciones en junio, julio y agosto son importantes para frenar las infecciones secundarias. Debe realizarse una limpieza rigurosa de los restos de cosecha y material vegetal afectado, ya que pueden servir como reservorio de inóculo para nuevos ciclos de infección”, enfatiza Pedro Pablo Martínez.
